El Jueves

Costaleros del Rocío

Van a salir temprano, al filo del mediodía. Antes me voy a permitir estar un rato con ellos, con los que van a tener la suerte de poder llevar sobre su cerviz a la Virgen del Rocío, la de nazarenos de terciopelo verde...

Van a salir temprano, al filo del mediodía. Antes me voy a permitir estar un rato con ellos, con los que van a tener la suerte de poder llevar sobre su cerviz a la Virgen del Rocío, la de nazarenos de terciopelo verde que nos espera, cada día del año, allá por la calle Santiago, viendo como hoy a su Hijo lo traicionan con un beso.

Voy a estar con ellos, decía, poco antes de que marchen hasta la Iglesia, alegres por el trabajo serio y responsable que les queda por delante. En esa última igualá, o quizás en el clásico bar Los Claveles, apretaré sus manos con sana envidia, sabiendo que van a ser, un año más, los privilegiados de Ella, de la Madre de Dios que se asoma esta tarde por la calle Santiago.

Al frente de ellos un hombre sencillo, un capataz con el apellido más cofrade que existe en la Hermandad de la Redención. Mi hermano -si, mi hermano- Carlos Yruela, no pierde el sentido de la medida nunca, ni la sonrisa dibujada en la cara. Es para todos ellos el padre, el hermano, el amigo, el confidente, el jefe… El que ríe con ellos y el que les llama la atención, con rectitud y cariño, llegado el caso.  Lo sé, porque lo he visto, nadie me lo ha contado.

Esa es la clave. No puede ser otra. Estoy convencido de esto. En el poco tiempo en el que he podido convivir con ellos de la forma que se merecen (bueno, se merecen mucho más) lo he visto muy de cerca. Una piña, eso es lo que son. Lo veo hoy Lunes Santo, igual que lo veo en el último sábado de septiembre cuando los tengo en mi casa, que es la de ellos también.

El colectivo de costaleros es siempre un punto difícil en las hermandades. Muchas han penado por un tórrido desierto por las ansias de poder de este grupo de privilegiados hermanos, sin que ni ellos mismos se dieran cuenta de lo que son: unos privilegiados por llevar a sus titulares por las calles. Si no lo entienden así, las cosas terminan mal, muy mal.

No lo veo así en los costaleros que esta tarde llevarán, con mimo y elegancia, a la Virgen del Rocío por las calles. Les veo dibujada la sinceridad en sus rostros. Y la alegría de su capataz, unida a la sensatez de su responsabilidad. Carlos, y con él José María Lima, han hecho una cuadrilla que levanta envidias. Por algo será.

Son, de alguna forma, los míos también. Aquellos que en el caluroso septiembre saben mimar con esmero y gracia a una Virgen sedente. Los que visten ropa blanca y entregan lo mejor que tienen sin que se lo pidamos.

Sí, hoy estaré con ellos al filo del mediodía. Porque aunque sin costal, permitidme que me sienta uno de los vuestros

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