El granadino Carlos Soler, de portada de Vogue a montar un comedor social

Antes de montar "Un domingo solidario", Soler fue portada de Vogue Asia y trabajó como modelo en países como China y Brasil

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María Muñoz Rivera | EFE – «¿A qué tú los domingos no descansas de comer? pues por eso yo tengo que estar aquí», dice el modelo Carlos Soler (Granada, 1992) a una de las usuarias del comedor social que abre cada domingo en el bar Carmela de Madrid, mientras le da una pieza de fruta.

Antes de montar «Un domingo solidario», Soler fue portada de Vogue Asia y trabajó como modelo en países como China y Brasil. Cuando aún no habían eclosionado los «influencers», descubrió el potencial de las redes sociales, y decidió usarlas no solo para su proyección personal, sino para los demás, demostrando que, a veces, pueden convertirse en el mejor altavoz.

«Hace seis años no era tan común como ahora tener noventa mil seguidores, éramos muy pocos», dice sobre su experiencia en las plataformas y en cómo convirtió en viral una de sus historias de Instagram en pleno confinamiento.

Su publicación, en la que aseguraba «no te acuestes sin un plato de comida, siempre voy a tener algo para ti», se expandió a golpe de click en redes sociales, convirtiendo al andaluz en nexo entre familias necesitadas y donantes de diferentes partes de España.

«Empezaron a escribirme de todas partes, así que pedí permisos y me fui a repartir comida», desgrana sobre lo que fue la antesala de su comedor solidario, que tuvo su origen con la llegada del temporal Filomena, cuando vivía en la Plaza Jacinto Benavente, epicentro en Madrid para muchas personas sin techo.

«En esta plaza hay más tránsito y horas de sol. Desde ahí esperan a que cierren las tiendas en Preciados, donde recogen cartones para dormir. Luego hacen sus camas frente al Corte Inglés, lo llaman villa cartón», indica sobre «un ciclo cotidiano» hasta que lo interrumpió el temporal de enero de 2021.

Al ver desierta la plaza durante la tormenta, llamó a la Comunidad de Madrid, donde le informaron de que las personas sin techo estaban resguardadas en las estaciones de metro. «Llevé las mantas y la comida que tenía a Tirso de Molina», y lo siguió haciendo durante siete días, hasta que la nieve desapareció.

«Me dijeron que hacía falta los domingos, el día que no suelen abrir los comedores sociales, en su mayoría católicos», señala sobre el germen de su proyecto. «Cada domingo venían unas veinte personas. A los tres meses había trescientas y no sabía cómo controlarlo. A veces servía la comida llorando», asegura.

Una de sus beneficiarias impulsó el crecimiento del proyecto al interrumpir en el rodaje de un directo de televisión en la plaza. «Se llama Berta. Agarró a la periodista y le dijo que la verdadera noticia que tenían que grabar era esta». Desde entonces empresas de alimentación, medios o hasta el padre Ángel contactaron a Soler.

Entre sus beneficiarios de cada domingo, hay «gente bien vestida, niños, y también personas muy mayores», mientras que su equipo lo conforman «voluntarios veteranos», comprometidos a fallar solo un domingo al mes, y otros que se inscriben en una lista de Telegram que supera las mil suscripciones.

 Soler, que desde que abrieron solo ha fallado un domingo por enfermedad, tiene claro como objetivo «poder tener una infraestructura propia» donde realizar su proyecto. «Hablaba de ‘Un domingo solidario’ como un pequeño proyecto, pero, en realidad, es algo muy grande», reconoce.