Las locuras de los Borbones: Fernando VI hasta se comió sus heces

Felipe V era bipolar y su nuera Luisa Isabel de Orleans correteaba desnuda por palacio. Son capítulos que recoge el escritor César Cervera en un libro

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EFE – Felipe V sufrió síndrome bipolar, su nuera Luisa Isabel de Orleans mostró los rasgos de un trastorno límite de la personalidad y Fernando VI acabó en un oscuro castillo comiéndose sus heces: son algunos de los episodios que el periodista y escritor César Cervera relata en su libro  «Los Borbones y sus locuras«.

Una crónica histórica que este periodista especializado en la divulgación histórica de temas militares y curiosidades de la monarquía española recoge en este volumen, de Esfera de los Libros, que comienza con la llegada de la dinastía de los Borbones a España con Felipe V y acaba con Alfonso XIII.

«La historia de la humanidad es la de unos animales que tropiezan una y otra vez en la misma piedra, con el agravante, en el caso de los reyes, de que muchos son obligados a reinar a pesar de sus enfermedades o de su incapacidad manifiesta», señala Cervera.

Felipe V, el primero de los Borbones, llegó a España tras la dinastía de los Habsburgo desde la corte francesa pero, aparte de su escaso gusto por lo español, sufría un aislamiento y una melancolía crónicos que le llevaron a odiar su destino.

Y pronto quedó claro que su abuelo, Luis XIV «había enviado al país a un Borbón defectuoso«, indica Cervera. El mismo rey Sol había aconsejado a su nieto que cuando le vinieran los «vapores» familiares a la cabeza se limitara a ignorarlos. Padecía una enfermedad mental severa, probablemente un desorden bipolar o una depresión maníaca, que hacía que Felipe pasara en cuestión de segundos de la alegría al llanto.

En su largo reinado, al que dedica un extenso capítulo, el autor recuerda cómo tras firmar el Tratado de Utrech y quizá por el susto que le provocaron los términos del acuerdo, Felipe contrajo un sarampión que le dejó calvo.

Le costó veinte años templar sus nervios y dar forma a un gobernante eficaz y apasionado por la política internacional, tanto como se lo permitía su enfermedad. Por eso sorprendió tanto su súbita determinación de abdicar y retirarse del mundo, a finales de 1723, «para pensar en la muerte».

Luis I fue su sucesor, un monarca que tuvo un reinado muy breve, durante el que contrajo nupcias con Luisa Isabel. Una joven con un transtorno límite de la personalidad a la que le gustaba corretear desnuda por los jardines de palacio. La gota que colmó el vaso fue que se desnudara y empleara su vestido para limpiar los cristales del salón durante una recepción pública.

Luis enfermó y murió tras lo que su padre volvió a asumir el trono, pero la salud del monarca se asemejaba a la de una bombilla a punto de fundirse. Bastaba en ocasiones un golpe para mantener centrada la luz o apagarla por completo, recuerda el autor.

Luego llegó otro de sus hijos, Fernando VI, quien -tras la muerte de su amada esposa Barbará- golpeaba, escupía y mordía a cualquier ser vivo que se topaba enfrente, lo cual incluía su propio cuerpo.

La lista de síntomas de Fernando VI «resulta incluso hoy un rompecabezas para los médicos: ataques epilépticos, fiebres, problemas respiratorios, erecciones constantes que duraron meses… Se ha especulado que pudo haber padecido un Alzheimer, lo que es poco probable dada su edad, 45 al inicio del proceso, y a que no falló en ningún momento su memoria». Al final, acabó en un oscuro castillo comiéndose sus heces.

Después de este monarca llegó Carlos III con su «despampanante Ilustración», el cuarto de los Borbones españoles, que «solo era feliz entre perros, caballos y escopetas de caza, de las que era un experto coleccionista».

Pero «no era un depredador, sino alguien que amaba la naturaleza, que financió expediciones científicas, que protegió bosques y especies y que escapaba a la menor ocasión de los entornos urbanos», recuerda el autor que señala que murió «con una lucidez que ni su hermanastro ni su padre habían podido conservar. No morir loco de atar debió de ser un gran alivio personal».

De Carlos IV dice que el contraste «entre lo robusto de su constitución física y lo débil de su mente explica mejor que cualquier estudio o biografía cómo un monarca que lo tenía todo acabó sin blanca en pocos años».

Y aunque estaba «lejos de ser un lumbrera», gozaba «de más humanidad y sensibilidad artística en un solo palmo de su ancha espalda que su antecesor en todo su enjuto cuerpo».

Tras guerras napoleónicas y demás, Fernando VII, asegura el autor, «desafió aquella máxima -atribuida a Abraham Lincoln- de que se puede engañar a todo el mundo algún tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo».

Fernando VII es, sostiene Cervera, «el personaje peor parado en la historiografía española, aunque con bastantes razones para ello. Cada historiador que ha revisado su biografía con ánimo de rescatar algo positivo ha salido escaldado ante lo indecente de un hombre que vendió a sus padres, traicionó a sus hermanos y legó a su hija una ristra de guerras entre españoles».

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