Más divorcios tras la pandemia, pero mejor reparto de tareas y más teletrabajo

El confinamiento está suponiendo un experimento social y antropológico con consecuencias que perdurarán, entre otras, un aumento de los divorcios

0
693
EFE – La obligación de permanecer confinados, con una convivencia familiar tan intensa como nulo ha sido el contacto con el exterior, ha supuesto un experimento social y antropológico que, según los expertos, puede desembocar en un aumento de divorcios o el agravamiento de conflictos entre padres e hijos, pero favorece un cambio en la organización familiar y la universalización del teletrabajo.

Más de la mitad de la población española, el 51 %, ha pasado esta semana a la fase 1 de la desescalada, que permite, entre otras actividades y con límite de aforo, celebrar reuniones, quedar en una terraza o acudir a los comercios.

Salir de nuevo a la calle, aunque sea con restricciones, supone un ejercicio de libertad tras más de dos meses de aislamiento.

En estas nueve semanas quienes viven solos se han visto privados del contacto físico con otras personas, mientras que las familias han pasado por la experiencia de convivir las 24 horas del día.

El encierro ha sido un experimento sociológico sin precedentes, por lo que universidades y grupos de investigación han empezado a estudiar las consecuencias de la COVID desde vertientes distintas a la sanitaria.

Para Inés Alberdi, catedrática de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2019, la reclusión ha sido un fenómeno «muy peculiar, extraño e interesante».

Aunque habrá que esperar al menos un año para obtener resultados científicos, la reflexión «está en marcha» y abarca varios ámbitos de estudio, desde la pareja o las relaciones paterno-filiales a la difícil experiencia de las familias monoparentales y el teletrabajo como práctica generalizada.

EL CONFINAMIENTO, UNA GRAN PRUEBA PARA LA PAREJA

La obligación de permanecer en casa ha puesto a prueba las relaciones familiares y ha servido de termómetro para medir el estado de salud de cada pareja.

Alberdi opina que ha sido «una oportunidad para encontrarse de nuevo, para compartir tiempo y espacio o, por el contrario, para ahondar en las diferencias y hacer aún más dura la convivencia».

Rosa María Frasquet, miembro del Institut Català d’Antropologia (ICA) y fundadora de la asociación L’Etnogràfica, Antropología para la Transformación Social, considera que la pandemia ha agravado la brecha de género en cuanto a la distribución de los trabajos domésticos y de cuidados, reforzando ciertas dinámicas ya presentes en las familias.

«Las mujeres se han quedado en casa cuidando a los niños, mientras que los hombres han asumido tareas como ir a hacer la compra, que se puede relacionar con el rol de proveedor vinculado a la masculinidad tradicional y que se podría entender como un acto de riesgo al exponerse al contagio, pero que también otorga el privilegio de salir a la calle».

Esta especialista en antropología de las transformaciones de la familia ve, no obstante, un lado positivo: el hecho que se hayan visibilizado esas dinámicas puede llevar a que se reabra el debate en la sociedad y en la familia, algo que genera la oportunidad de que las tareas se reorganicen de una manera más equitativa.

Rocío García Torres, psicóloga clínica especializada en terapia familiar, alude a lo ocurrido en Wuhan, la ciudad china donde comenzó la pandemia, para anticipar un aumento de los divorcios en España porque «el hecho de encontrarse en una convivencia forzada ha generado en muchos casos la tensión de enfrentarse a un matrimonio que no iba bien«.

Considera que el aislamiento ha puesto de manifiesto que vivimos en una sociedad «muy individualista» en la que es indispensable la voluntad de trabajar en una misma dirección: «Hemos sido privados de libertad, no hemos podido salir a trabajar y hemos tenido que organizarnos con los hijos. Si no hay una cierta filantropía en la pareja, lo que se genera es más desencuentro, distancia y confrontación».

Por su experiencia en el servicio asistencial habilitado por el Ministerio de Sanidad, García Torres concluye que el confinamiento ha significado para muchos «vivir en una cárcel», porque una convivencia de la mañana a la noche expone a la pareja a una situación que antes evitaba refugiándose en el trabajo o en la vida social.

«En determinados casos ha sido el método forzoso de convivir con personas a las que ya no se quiere. Muchas llamadas nos han hecho ver que hay gente que no lleva la vida que desea pero, con tal de no pararse a buscar soluciones, hace barbaridades», cuenta esta psicóloga, que también lo considera como una oportunidad de «recolocar las piezas del puzzle familiar» para que encajen y no formen, como antes, un armazón «disfuncional».


Alberdi coincide con ella en que es muy posible que aumenten los divorcios «porque la historia de cada matrimonio tiene mucho que ver en cómo les afecta el confinamiento. La desigualdad o una mala relación se acrecientan durante el encierro».

También los malos tratos, apunta la socióloga, porque se ha puesto a las personas «al límite» y porque la convivencia es un factor de riesgo para mujeres que sufren violencia machista.

Las cifras oficiales lo confirman: el número de llamadas realizadas en abril al 016 superó las 8.600, un 60 % más respecto al mismo período de 2019.

EL DIFÍCIL RETO DE RELACIONARSE CON UN ADOLESCENTE CONFINADO

Si en algunos casos la pandemia ha servido para recuperar la comunicación entre padres e hijos, en otros ha supuesto más ocasiones de disputa en un espacio físico reducido.

Alberdi pone el acento en el sufrimiento de los adolescentes, porque «su mundo fundamental es el de los amigos y eso se ha frenado a nivel personal, aunque haya continuado a través de las redes».

Algunas de las consecuencias más preocupantes se reflejan en los datos aportados por entidades que atienden a los menores, como la Fundación ANAR.

Su último balance refleja un aumento de la violencia intrafamiliar, las autolesiones y las ideas suicidas.

Desde el 23 marzo, la entidad ha atendido 1.787 peticiones de ayuda, casi la mitad de ellas por situaciones de violencia, mientras que los intentos de suicidio pasaron del 1,9 % de media en 2019 al 8,3 %.

Ante estas cifras, García Torres sugiere un esfuerzo de empatía con los adolescentes: «Hace muy poco que han estrenado su libertad y ahora la ven coartada; se ven encerrados, con esa incomprensión que sienten como adolescentes. Si los padres no hacen un esfuerzo para dar voz a sus frustraciones, el conflicto va en aumento».

Añade que es buen momento para hacer entenderles que no solo son mayores para disfrutar de libertad, sino también para asumir la responsabilidad de cuidar a los demás acatando la orden de confinamiento.


Si muchos menores han acudido a teléfonos de ayuda para comunicar situaciones conflictivas, también ha ocurrido en sentido contrario: los psicólogos contratados por Sanidad han recibido llamadas de padres que experimentan temor a sus hijos.

García Torres cuenta el caso de un hombre que no sabía qué hacer con su hija de 13 años. Dormía durante todo el día, comía gluten pese a ser celíaca y se negaba a participar en las actividades familiares, pero no se atrevían a decirle nada por temor a sus gritos. «Es como Hulk, nos da miedo, tememos que vaya a pegarnos», explicaba con angustia a la psicóloga.

Esta especialista considera que situaciones así se ponen de manifiesto ahora porque estamos en una situación límite, pero vienen de atrás: «Los padres están acostumbrados a ir a trabajar y no tienen una convivencia estrecha con los hijos. Lo que esos adolescentes están pidiendo son límites. Reclaman que un adulto le diga que no tienen derecho a hacer lo que quieran».

Otra consecuencia del aislamiento que señala García Torres es un sobrediagnóstico de TDH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) porque «la falta de tiempo hace que no se dediquen horas suficientes a un hijo que hace ruido y molesta, y eso provoca que el problema crezca».

FAMILIAS MONOPARENTALES: LA CONCILIACIÓN IMPOSIBLE

Si el trabajo en remoto ha sido complicado para las parejas con hijos, en el caso de las familias monoparentales las dificultades han sido extremas, según Rosa María Frasquet.

Esta antropóloga, vinculada al Grupo de Investigación en Género, Identidad y Diversidad de la Universidad de Barcelona, considera que mientras no se visibilice el trabajo de cuidados y se delegue su responsabilidad a las mujeres, la conciliación seguirá siendo una quimera, especialmente las madres que crían en solitario, a quienes el distanciamiento social les impide recurrir a los abuelos.

«No se puede hablar de conciliación cuando se tiene que trabajar con un niño en brazos o cuando la persona tiene que levantarse temprano o acostarse de madrugada para teletrabajar, porque es imposible que una persona pueda hacerlo durante el día mientras se ocupa de atender a sus hijos», reflexiona.

Frasquet lamenta que las políticas sociales «se piensen en relación a la familia nuclear» y se olviden realidades como la de las familias monoparentales: «La forma en que se ha organizado la economía no contempla la vulnerabilidad, la dependencia».

Por ello reclama que se asuma la dimensión social del problema, en vez de considerarlo como una cuestión de responsabilidad individual de las madres que han decidido tener hijos en solitario.

La clave, concluye, es que exista una presión social para que se camine hacia un estado del bienestar que tenga en cuenta «todas las situaciones familiares», y sugiere medidas como la renta básica universal o lo permisos retribuidos.

SÍ AL TELETRABAJO, PERO CON REGULACIÓN

El confinamiento ha abierto las puertas a la universalización del trabajo en remoto que, como afirman las expertas consultadas, puede convertirse en una herramienta de conciliación o, por el contrario, en una vía de sobreexplotación laboral.

Los resultados de algunas encuestas permiten avanzar que el teletrabajo «ha venido para quedarse». Es una de las conclusiones del sondeo promovido por consultora Bain & Company, realizado entre el 1 y el 6 de mayo a más de un millar de personas.

Los datos revelan que el 51 % de los encuestados prefiere el teletrabajo, frente a un 25% que declara su preferencia por la modalidad presencial, y el 68% acredita que es igual o más productivo trabajando desde casa.

Sin embargo cuatro de cada diez confiesan que su jornada se ha alargado desde que trabaja en remoto.

Alberdi valora la gran transformación que puede suponer esta modalidad porque se aúnan «dos posibilidades de mejorar»: la de los trabajadores que tienen problemas para conciliar y la de las empresas, que pueden ver reducidos los costes de mantenimiento de sus centros de producción.

Frasquet coincide en que esta «reconversión laboral» realizada a marchas forzadas en sectores donde parecía imposible el teletrabajo ha demostrado que sí se puede implantar, pero advierte del peligro de dejarlo todo en manos de las empresas.

Durante los meses de actividad laboral en casa se ha evidenciado la comodidad y el ahorro de tiempo y dinero que supone evitar desplazamientos, pero también el riesgo de unos horarios sin límites.

Por ello, la antropóloga señala que las administraciones deben legislar para corregir excesos y garantizar que se facilitan los medios, la seguridad laboral y el derecho a la desconexión digital.

Inés Alberdi aporta una última observación sobre lo que se ha constatado con la pandemia: un recrudecimiento de la desigualdad social.

Los distintos tamaños y condiciones de las viviendas han contribuido a hacer agradable o insoportable el encierro; las clases virtuales han provocado que los hijos de familias con pocos recursos no terminen el curso en igualdad de condiciones que el resto, porque carecen de herramientas informáticas.

La enfermedad ha sido la misma para todos, pero el contexto social, en definitiva, sigue marcando la diferencia.

image_pdfimage_print

Dejar respuesta