Nochebuena en la Rumanía profunda: demonios, cabras y tradiciones paganas

La fusión de tradiciones cristianas y referencias paganas marcan la celebración de la Navidad en algunas zonas rurales de Rumanía

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Marcel Gascón (EFE) | La fusión de tradiciones cristianas y referencias paganas marcan la celebración de la Navidad en algunas zonas rurales de Rumanía, en la que destacan las llamadas «colinde», composiciones musicales de origen medieval que sirven también para cohesionar a la sociedad.

«El día 24 de diciembre, después de que oscurezca, van casa por casa a cantar, sentarse a la mesa, comer, beber y sumar a los anfitriones hasta haber visitado todas las casas del pueblo», dice a Efe la especialista en folclore Laura Jiga Iliescu.

UNA SIMBOLOGÍA PODEROSA
En esas rondas para bendecir a los vecinos, algunos «colindatori» visten máscaras y ropajes que representan a demonios y a animales importantes para estas sociedades rurales, como la cabra o el oso.

Los demonios tienen un papel ambiguo. Por un lado encarnan el mal, pero el ruido de los cencerros y abalorios metálicos que agitan al bailar sirven también para espantar a los malos espíritus, según la creencia popular.

COHESIÓN SOCIAL
En la zona del Valle del Jiu, en el oeste de Rumanía, los jóvenes solteros de las aldeas salen de ronda portando largos bastones engalanados con cintas multicolores con los que felicitan las fiestas a todas las masías del término.

«Participa la comunidad entera; yendo por todas las aldeas que hay esparcidas por la montaña reivindican el territorio y su pertenencia a la comunidad», explica la estudiosa sobre unas tradiciones que se remontan, al menos, a la Edad Media.

Algo más al sur, en la región de Oltenia, los «colindatori» son niños a los que las familias reciben con hogueras que recuerdan el poder purificador del fuego, un elemento ligado al solsticio de invierno.

En Transilvania, los «colindatori» recitan distintos versos según la casa que visitan. Existen «colinde» para jóvenes casaderos, para niños, para mayores, para familias a las que se les ha muerto alguien y para pastores, pescadores o incluso curas.

Aunque el dinero ha pasado a ser la ofrenda más habitual a los «colindatori», la ofrenda de comida y bebida sigue siendo una parte central de este ritual.

«El mensaje es que todos podemos llegar a estar, después de la muerte, en la mesa en la que el Señor estaba con los santos apóstoles», dice Iliescu Jiga, en alusión a una idea que aparece explícitamente en algunas «colinde».

REPRESENTACIONES DE TEATRO
A la música y el canto se une en algunos casos breves representaciones teatrales en las calles. Una vez más, los sainetes mezclan contenidos bíblicos con historias y personajes de la propia sociedad que los representa.

Son protagonistas animales como la cabra -representada por un esqueleto de madera que incluye dos mandíbulas de madera que chocan rítmicamente-, pero también figuras como el cura o el médico, que son objeto de críticas e ironías.

Según ha escrito el etnógrafo Marcel Lutic, «las cabras bailan, consumen su energía vital, mueren y renacen, un símbolo de la regeneración ritual y la continuidad de la vida».

El protagonista de uno de estos espectáculos es Marian Barbós, un adolescente de 15 años de Ilva Mare, un conjunto de aldeas de paisajes montañosos idílicos en el norte de Rumanía en el que aún se celebra el llamado «teatro de la cabra».

Barbós es uno de los decenas de jóvenes de toda Rumanía que el 12 de diciembre viajó a Bucarest para participar en un festival de «colinde». «Hago esto desde que era un niño», contó a Efe durante un descanso.

«Como cada año, en Nochebuena volveremos a salir por el pueblo», agregó Barbós tocado con un gorro de astracán y vestimenta tradicional.

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