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El primer ‘cementerio de vibradores’ está en Castellón

Sofía Henales | EFE – Ayuntamientos y comercios especializados impulsan iniciativas de reciclaje para los juguetes sexuales como los vibradores, ya que el pudor y el desconocimiento hace que numerosos usuarios no sepan qué hacer con ellos cuando desean desecharlos. La respuesta rápida sería acudir a un punto limpio para depositarlos pero muchas personas tienen […]

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Sofía Henales | EFE – Ayuntamientos y comercios especializados impulsan iniciativas de reciclaje para los juguetes sexuales como los vibradores, ya que el pudor y el desconocimiento hace que numerosos usuarios no sepan qué hacer con ellos cuando desean desecharlos.

La respuesta rápida sería acudir a un punto limpio para depositarlos pero muchas personas tienen dudas de dónde exactamente, ya que están compuestos de plástico, silicona y pilas cuando no de otro tipo de materiales, han explicado a EFE varios especialistas del sector.

Por esta razón, hace unas semanas el Ayuntamiento de Castellón inauguró su ‘cementerio de vibradores’, un proyecto de reciclaje de este tipo de juguetes sexuales en colaboración con los tres comercios eróticos de la ciudad para que «la gente pueda depositar su aparato cuando esté roto» en lugar de dejarlo en cualquier parte, ha explicado el concejal de residuos, Ignasi Garcia.

«Lo que hicimos fue dejar una caja en cada tienda y cuando se llena la recogemos para llevarla al circuito de un ecoparque»: de esta manera esperan dinamizar este servicio y «contagiar a otros municipios para hacer reflexionar que todo se debe reciclar, incluso un ‘satisfyer‘».

Este tipo de iniciativas «tienen una parte provocativa y otra polémica, pues hubo gente que la aplaudía y a otra le podía el pudor…, hay que ser atrevido para hacerla», ha reconocido García quien, aún así, afirma que «ha funcionado muy bien», pues sólo en los primeros días se recolectaron 25 juguetes.

 

La idea surgió de la dueña del comercio erótico Kinplaer, Inma Molina, quien planteó al concejal la posibilidad de instalar estos contenedores «igual que hay locales donde vas a dejar las pilas», ante la evidencia de que algunas clientas ya le estaban entregando aparatos estropeados antes de poner en marcha el plan.

Precisamente una de las usuarias del servicio, Ángela Moya, ha sido la diseñadora de la imagen gráfica de la campaña, que resalta la importancia de «visibilizar y naturalizar lo sexual».

 

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 Moya reconoce que tenía «un juguete que ya estaba muy viejo» y antes de trabajar en el proyecto «no sabía dónde depositarlo», aunque en Internet «vi que puedes enviarlo por correo a algunas empresas que se encargan de limpiarlo, separar el motor y sus componentes y deshacerse de él».

La cadena de supermercados eróticos Lys Erotic Store, ubicada en Madrid, es una de estas compañías y su gerente, Óscar Fernández, ha explicado que desde 2016 se encarga de «despiezarlos y depositar sus partes en puntos limpios para que el reciclado se haga correctamente».

Antes de eso, «sólo una empresa en Bélgica reciclaba juguetes sexuales» y por ello comenzaron a ofrecer este servicio ya que «los vibradores están considerados pequeños electrodomésticos, pero nadie decía qué hacer con ellos» al dejar de funcionar.

Fernández ha lamentado que no exista «un servicio técnico» encargado de reparar estos aparatos destinados a dar placer, puesto que «todo el sistema electrónico va encapsulado, integrado, y cuesta el doble arreglarlos que comprarlos nuevos».

En su compañía «recuperamos los cables, placas y pequeños microchips para que sea posible producir otros dildos, ‘satisfyer’ y demás productos”, evitando así de paso «el consumo excesivo de recursos y el coste medioambiental».

Cuando un utensilio de este tipo llega al punto limpio no se registra exactamente qué aparato es, según han explicado fuentes de la madrileña Mancomunidad del Noroeste, sino que «se deposita en la línea de ‘pequeños electrodomésticos’, en el mismo sitio que una calculadora o una radio».

Posteriormente se separan y aprovechan sus piezas.

Las ventas de juguetes sexuales se incrementaron en 2020 en un 300 % en pleno confinamiento, y en 2021 aumentaron otro 30 % más, según un estudio realizado por la multinacional parafarmacéutica Atida Mifarma.

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