Nada es lo que parece en Ribarteme, donde los vivos desfilan en ataúdes

Repican las campanas y una multitud aguarda junto a una pequeña capilla de la que comienza a desfilar en procesión una hilera de ataúdes

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El desfile. | EFE

Jorge Morales. EFE. Repican las campanas y una multitud aguarda junto a una pequeña capilla de la que comienza a desfilar en procesión una hilera de ataúdes a hombros de sacrificados porteadores acompañados de grupos que cantan plegarias y del redoble de tambores de una banda de música.

La escena remite a un multitudinario funeral tras un naufragio, un accidente múltiple o una catástrofe natural, pero en realidad se trata de una celebración festiva, una romería, la de un pequeño rincón de Galicia, Santa Marta de Ribarteme, en el municipio pontevedrés de As Neves, en la que nada es lo que parece.

Los féretros no van vacíos, los ocupan personas vivitas y coleando que, de esta forma tan peculiar, expresan su devoción por la hermana de Lázaro, protectora de los desahuciados, en la creencia de que intercedió por ellos para que pudieran superar una grave enfermedad.

El sonido de las campanas, acompasadas con las bombas de palenque y un cántico repetitivo, «Virgen de Santa Marta, reina de la gloria, todo el que se te ofrece sale con victoria», y «Virgen de Santa Marta, estrella del norte, te traemos a los que vieron la muerte», dan mayor solemnidad a la comitiva.

Algunos de sus integrantes visten una especie de mortaja hecha de tul y portan un bastón y una vela, otros procesionan de rodillas, como es habitual ver en los santuarios de Fátima o de Lourdes.

Pero, sin duda, los grandes protagonistas son los «muertos-vivos», tal y como se conoce a los penitentes dentro de los ataúdes que se abren paso entre la multitud expectante que destila, a partes iguales, fe religiosa y morbo.

Este año han sido siete los «ofrecidos» a Santa Marta, aunque son seis los que han ido dentro de los ataúdes, todos ellos adultos.

En todo caso, la mayoría de edad no es un requisito indispensable en esta feria tétrica.

La única excepción es que los niños por los que se pide ayuda a la santa no desfilan amortajados en cajas, sino que éstas, de su característico color blanco, van vacías.

Este año el tiempo nublado ha sido un buen aliado para los «ofrecidos», ya que el sol que habitualmente suele hacer a estas alturas del año es un tormento para quien ha de permanecer inmóvil durante casi una hora dentro de una caja mortuoria.

Alimenta la leyenda de esta tradición ancestral, de la que hay referencias escritas que datan de 1700, que el diario inglés «The Guardian» la catalogara hace años como una de las fiestas más raras del mundo.

Medios como «The New York Times» o «National Geografic» han dedicado asimismo reportajes a la romería de Ribarteme, que, en todo caso, no es la única en Galicia en la que la muerte, o más bien la resurrección, es la protagonista.

La parroquia de Xende, en A Lama (Pontevedra), abre en junio el calendario de desfiles en ataúdes en la procesión del Cristo de la Agonía.

Y en A Pobra do Caramiñal, en la provincia de A Coruña, los fieles que han hecho sus promesas cargan sus propios féretros en la procesión de las mortajas, en el marco de las fiestas del Nazareno, en septiembre.

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